Lo que nadie te dice de vivir entre dos países
Nadie te prepara para esto: puedes vivir años en un lugar y seguir sintiendo que no eres completamente de ahí… y al mismo tiempo, cada vez que vuelves a tu país, notas que tampoco eres completamente de ahí.
Vives en un idioma y sueñas, calculas y te enojas en otro. Y a veces ni tú sabes bien en cuál de los dos te sientes más tú.
La mala noticia es que ese «estar entre dos lugares» no se resuelve nunca del todo. No hay un día en que de pronto encajas al cien por ciento en algún lado. La buena noticia es que esa incomodidad es, en realidad, una ventaja que la gente que nunca se fue de su país no tiene: ves las cosas desde afuera y desde adentro al mismo tiempo. Notas lo que los demás dan por hecho. Entiendes dos formas distintas de hacer casi todo —de trabajar, de celebrar, de quejarse, de querer.
Nadie te lo dice porque suena a queja y no lo es. Es simplemente la parte que no sale en las fotos de «nueva vida en el extranjero»: los días en que extrañas una comida que aquí no sabe igual, los chistes que pierdes por la mitad porque no se traducen, las fechas importantes que vives por videollamada con varias horas de diferencia.
Si tú también vives entre dos países, dos idiomas o dos versiones de ti misma, esto es lo que te queda: no tienes que elegir un solo lugar para pertenecer.
Puedes construir tu propio punto intermedio, con lo mejor de los dos, y dejar de sentir que te falta algo solo porque no cabes perfecto en ninguna caja. Ese «entre medio» no es un vacío. Es tu mirador.

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